09 - Ensayo - Nochebuena y Fin de Año con Tolstói y Tagore

Nochebuena y Fin de Año con Tolstói y Tagore

Claudio Pereyra Schwindt | CONTINUUM

Una reflexión laica sobre el sentido de la Navidad y el Año Nuevo, más allá de la tradición religiosa: ética, vínculos humanos y responsabilidad cotidiana, a partir de la lectura de Tolstói y Tagore.

Cada fin de año repetimos el gesto de reunirnos con la familia, amigos y compañeros. Navidad y Año Nuevo nos encuentran alrededor de una mesa, compartiendo tiempo, cerrando ciclos, evocando tradiciones y creencias diversas, a veces heredadas y, otras, apenas sostenidas por la costumbre.

Sin embargo, rara vez nos detenemos a preguntar qué estamos celebrando realmente. Más allá del rito y del calendario, estas fechas introducen una pausa en la rutina y nos colocan frente a una pregunta incómoda: ¿cómo nos relacionamos con los demás y qué lugar ocupan en nuestra vida?

La liturgia cristiana propone una respuesta conocida: la conmemoración de un nacimiento sagrado, la promesa de redención, la irrupción de lo divino en la historia. Pero incluso despojada de su dimensión devocional, esa escena puede leerse de otro modo: no como la espera de un milagro que vendrá de afuera, sino como una exigencia ética dirigida a la vida concreta.

No anuncia lo que Dios hará por el mundo, sino lo que el ser humano es capaz de hacer por otro. Es en ese desplazamiento —del cielo a la calle, del dogma al gesto— donde releer a los escritores Lev Tolstói (ruso, 1828-1910) y a Rabindranath Tagore (indio, 1861-1941) se vuelve especialmente fértil.

Tolstói, en Donde hay amor, allí está Dios, narra la historia de Martín Avdéich, un zapatero que espera una visita extraordinaria que nunca llega, pero que finalmente encuentra en lo ordinario. Desde la ventana de su sótano no observa grandes verdades, sino cuerpos expuestos al frío, al cansancio y a la fragilidad.

Al ofrecer abrigo, alimento o una palabra justa, comprende que el sentido no se revela en lo excepcional, sino que emerge como consecuencia de acciones concretas. El respeto y la empatía no se proclaman: se practican.

Desde otra tradición cultural y filosófica, Tagore llega a una conclusión cercana. En una de sus parábolas, un mendigo espera recibir una fortuna del Rey y se indigna cuando este le pide una limosna. Entrega apenas un grano de trigo, casi sin querer.

Al final del día, ese grano se transforma en oro. La enseñanza es clara: la alegría no nace de lo que se recibe, sino del desplazamiento del centro de gravedad del yo hacia la vida compartida. Dar sin especular no empobrece, revela.

Leídos juntos, Tolstói y Tagore permiten una interpretación laica de la Navidad y el Año Nuevo: no como celebraciones de lo sobrenatural, sino como recordatorios de una exigencia humana elemental. El sentido aparece cuando:

  • alguien se hace cargo (responsabilidad),
  • alguien incluye al que queda afuera (empatía),
  • alguien interrumpe la inercia del egoísmo (servicio).

En el plano familiar y social, esto se traduce en vínculos basados en la reciprocidad y no en la utilidad. Ambos autores no idealizan al ser humano, pero confían en su capacidad de responder éticamente cuando se le devuelve su dignidad.

Esta ética resulta incómoda porque desajusta el andamiaje de la sociedad contemporánea. Es subversiva porque no es espectáculo, no busca reconocimiento y desafía la lógica del rendimiento. Afirma el valor de toda vida, incluso cuando no produce nada medible.

Por eso suele ser neutralizada o edulcorada. Tomarla en serio implicaría revisar no solo emociones, sino estructuras.

Te propongo un ejercicio. No como metáfora abstracta, sino como gesto concreto.
Limpiá una ventana que dé a la calle. Y volvé a mirar, con propósito, hacia afuera.

Preguntate: ¿quién es ese otro que, por rutina, cansancio o defensa, volviste invisible? No necesariamente es un extraño absoluto: puede ser alguien cercano, alguien habitual, alguien reducido a función, o rol. La otredad ignorada no siempre vive lejos; muchas veces pasa todos los días frente a nosotros.

¿Qué gesto mínimo de reconocimiento podrías hacer hoy, sin testigos ni recompensas, para que un otro deje de ser una abstracción y se vuelva real?

Tal vez no se trate de hacer más, sino de volver a ver: escuchar sin apuro, nombrar al otro sin reducirlo e interrumpir, por un instante, la lógica mecánica que clasifica, apura y descarta.

La Navidad laica no ocurre en el calendario ni en la repetición del rito. Ocurre en el momento exacto en que la vida de un otro deja de ser abstracta, funcional o anónima y se vuelve real.

Y en ese instante —discreto, silencioso, personal— algo se reordena también en nosotros: nuestra dimensión sensible, humana.

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