07. Ensayo. El culto (digital) a la ignorancia

07. Ensayo. El culto (digital) a la ignorancia | CONTINUUM

Claudio Pereyra Schwindt | CONTINUUM

Vivimos una época paradójica: nunca hubo tanto acceso a la información y, sin embargo, nunca fue tan fácil despreciar el conocimiento. Este texto propone una reflexión crítica sobre el antiintelectualismo contemporáneo, la exaltación desmedida de la emoción y sus efectos sobre la vida social y democrática.

El ruido, la emoción y la razón

Hubo un tiempo en que la ignorancia sentía vergüenza. No porque el ser humano fuera más sabio, sino porque aún existía la noción de que el conocimiento era algo que se buscaba, se trabajaba y se respetaba. Hoy, en cambio, la ignorancia no solo perdió la vergüenza: adquirió micrófono, audiencia y métricas. Y, además, encontró un aliado poderoso: la exaltación desmedida de la emoción como criterio último de verdad.

Isaac Asimov advertía, ya en 1980, que el antiintelectualismo no era un accidente, sino una corriente persistente, alimentada por una interpretación torcida de la democracia: la idea de que toda opinión vale lo mismo, independientemente de su fundamento. No decía —conviene subrayarlo— que todas las personas valgan lo mismo (eso pertenece al plano ético), sino que no todas las ideas tienen el mismo peso cognitivo. Confundir ambas cosas fue, y sigue siendo, un error costoso.

Décadas después, Umberto Eco afinó el diagnóstico con bisturí cultural: Internet había otorgado voz a legiones que antes se limitaban a murmurar en el bar de la esquina, sin mayores consecuencias. La diferencia no era solo cuantitativa —más voces— sino cualitativa: por primera vez, la viralidad podía sustituir al criterio. El aplauso reemplazó al argumento. El número eclipsó al contenido.

En el siglo XXI, ese fenómeno alcanzó su madurez. Hoy, el valor de una idea rara vez se mide por su coherencia, su evidencia o su profundidad, sino por su capacidad de circular y conmover. Seguidores, “likes”, visualizaciones: una aritmética simple, brutal y profundamente engañosa. El conocimiento elaborado —lento, exigente, lleno de matices— pierde terreno frente a expresiones inmediatas, indignaciones viscerales y certezas emocionales. Pensar cansa. Sentir, en cambio, es instantáneo y socialmente recompensado.

Aquí aparece una mutación relevante del antiintelectualismo clásico: ya no se limita a despreciar el saber, sino que sobrevalora la emoción como sustituto de la razón. Las emociones forman parte constitutiva de la experiencia humana; negar su legitimidad sería tan empobrecedor como absolutizarlas. El problema surge cuando se las eleva a criterio exclusivo para interpretar la realidad y resolver conflictos que exigen análisis, mediación y construcción de ideas.

En este clima cultural, “sentir algo” se confunde con “tener razón”. La intensidad emocional se interpreta como profundidad moral. Y cualquier intento de introducir complejidad, datos o argumentos es leído como frialdad, elitismo o insensibilidad. El pensamiento crítico no solo incomoda: ofende.

Este "sensibilismo exacerbado" funciona, además, como una suerte de virus social. Se propaga rápido, se adapta bien al ecosistema digital y afecta progresivamente el desarrollo de la personalidad y de los criterios de resolución de conflictos. En lo individual, fomenta reacciones impulsivas y una dificultad creciente para tolerar la frustración o la ambigüedad. En lo colectivo, degrada el debate público y transforma problemas estructurales en simples espacios de descarga emocional.

El resultado es la paradoja mencionada al inicio: vivimos en la era con mayor acceso a información de la historia humana y, al mismo tiempo, en una etapa de creciente desprecio por el conocimiento y por la deliberación racional. No se rechaza el saber porque sea inaccesible, sino porque estorba. Obliga a dudar, a revisar creencias, a aceptar límites. Mucho más cómodo es un relato emocional que confirme identidades y prejuicios, amplificado por audiencias que celebran la reacción antes que la reflexión.

Este proceso no es neutro. Tiene consecuencias culturales y sociales profundas. Cuando la autoridad del conocimiento se diluye y la emoción se convierte en árbitro absoluto, reaparecen viejas sombras: supersticiones recicladas, discursos simplistas, soluciones mágicas para problemas complejos. No es progreso lo que observamos, sino una regresión sofisticada, envuelta en pantallas brillantes. Un retorno a épocas donde el grito del más exaltado desplazaba al razonamiento del más preparado.

No se trata de nostalgia elitista ni de defender castas intelectuales. Asimov y Eco —cada uno a su modo— advertían algo más elemental: una sociedad que desprecia el pensamiento crítico y absolutiza la emoción socava su propio equilibrio. Cuando se pierde la capacidad de distinguir entre sentir y comprender, entre reaccionar y resolver, la convivencia democrática se vuelve frágil, manipulable y puramente escénica.

Dilemas abiertos

¿Cómo sostener una cultura democrática que valore la sensibilidad humana sin renunciar a la centralidad del conocimiento, las ideas y la responsabilidad en la resolución de conflictos colectivos?

¿Estamos dispuestos, como individuos y como sociedad, a aceptar que no todo lo que se siente debe gobernar, y que no todo problema se resuelve con indignación?

Si hoy confundimos emoción con verdad y popularidad con razón, ¿qué tipo de ciudadanía estamos formando?

Sostenemos una convicción simple pero exigente: la dignidad de la persona humana se afirma cuando el pensamiento guía la acción, cuando la emoción no sustituye a la responsabilidad y cuando la reciprocidad se construye sobre ideas, no sobre impulsos. Sin ese equilibrio, lo que queda no es libertad, sino ruido.

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